Semana II – Tres Palabras

Móstoles es una ciudad dentro de la Comunidad de Madrid, que está considerado aquí como una provincia. Es «ciudad dormitorio», la mayoría de sus habitantes trabajan en Madrid y viajan a diario. Está llena de parques, incluso los edificios fueron construidos dentro de espacios verdes.

Edificio de Móstoles

El “paso de cebra”, como ellos le llaman la senda peatonal es un espacio sagrado que los automovilistas respetan como si fuera el mísmo rey. Ni bien asomo un pie a la calle, los conductores frenan para ceder el paso. Es por eso que hay letreros que indican a los peatones que en esa calle o avenida existe un semáforo y que no pueden pasar sin mirar Para decirlo en criollo en Rosario te levantan como sorete en pala. Aún no me acostumbro y freno en las esquinas. Puedo oler el fastidio de los conductores que me miran como diciendo “¿qué estás esperando?” Raro.

El lunes tuve cita en la Oficina de Extranjería para sacar el número de identificación extranjero (NIE). Me faltaron requisitos no muy fáciles de conseguir. No todo está resuelto por ser ciudadano de la UE.  Si migran con ciudadanía europea (ni hablar sin están tramitando visas laborales, entre otras yerbas) solo les puedo dar el consejo más viejo del planeta: PACIENCIA. Para asesorarse vayan directamente a la comisaría aunque tengan turno. La página no es muy clara. Ahora tengo que volver en dos semanas. Tengo los ovarios al plato (sí, también pienso quejarme.)

Precios: no vale la pena trasladar los numeritos de las góndolas a pesos argentinos. La suma te va a parecer exorbitante, al menos a mí me pasó eso. El salario mínimo es de 900 euros y sería el equivalente de 169 mil pesos… y no, el poder de compra no es el mismo. Los productos como el shampoo, acondicionador, jabón, leche, vienen en envases enormes, de litro y medio; cuestan de entre 4 y 10 Euros. Por lo general la mayoría de los productos de primera necesidad varían entre esos márgenes. Haciendo un cálculo aproximado de cuánto me dura un litro de shampoo, sale más barato que en Argentina.

Estación Puerta del Sol.

Lo mejor de migrar es la oportunidad de recorrer. Los trenes de Madrid me resultan inspiradores. Joder, son preciosos. Cuando tocó tomarme uno para ir hacia “Campamento”, una estación del metro, me sentía dentro de una película

El aroma que hay en ellos, la limpieza, y la voz con acento español de la mujer que anuncia la próxima parada. Me siento segura cuando viajo. La sensación de seguridad es tan reconfortante como sorprendente. Sigo sin explicarme que existan cajeros que dan a la calle.

No escuchás ningún desubicado que te hace una cordial invitación a cagar a su casa porque les gusta tu culo. 

Anochece bastante tarde, y el clima es seco. Dentro de la casa se puede estar sin aire, con un simple ventilador. No es el calor con humedad de la Pampa Húmeda, pero en el sol te cocinás, como en todos lados.

La parte emocional

Hubo dos días de «diluvio universal». No me refiero al estado del tiempo, sino a mis etapas de llanto. Siempre hay un pensamiento que ronda en la cabeza cuando se atraviesa una dificultad en el camino “¿Qué carajo hago acá?”, “¡Estoy a dieciséis mil kilómetros de mi mamá!” Cortar el ombligo umbilical era (es) una cuenta pendiente. La sensación que no voy a poder pedirle que venga me resulta asfixiante.  Se suman contrapreguntas. ¿Y qué mierda hacía en Argentina? ¿Qué podía esperar de un país que no crece hace quince años? Entonces respiro hondo, me tranquilizo, me voy a un parque, me siento en la sombra y por ahí lloro como una boluda mega dramática. El barbijo tapa mis lágrimas aunque no me siento observada. Me reconforta la sensación de ser invisible o una desconocida.

Extraño un poco tener amigos cercanos. Me gustaría ir a tomar mates a la casa de una amiga, y lo más irónico es que si estuviera en Rosario tal vez no lo haría. Así de conchuda es la psiquis. 

Padezco azotes de la maldita nostalgia, me ahogo en arrepentimientos y cobardías, pero recapacito en pocos minutos. O más bien, me doy cuenta que hay decisiones que las tomé después de pensarlas demasiado. Tardé dos años en decir “me voy a empezar de cero a otro país”. Y otro año encerrada por la pandemia. Mucha gente desea tener ciudadanía para poder realizarse. Yo tengo eso y mucho más. Salud, familia acá y mis viejos y mi hermano me ayudan hasta conseguir un empleo. No puedo desaprovecharlo por momentos de debilidad. Es lo que me digo a diario, y en lo que creo firmemente. Los comienzos son tan difíciles, porque nada en esta vida viene fácil. Tocará remarla en el dulce de leche. Al menos ya estoy acostumbrada. 

Hay otra pandemia que no tiene vacuna y se llama Ansiedad (así, con mayúsculas). Como sea hay que erradicarla de nuestro ser. Madurar es darse cuenta que no se trata de merecimientos. La vida te romperá de mil formas pero siempre da revancha. Tres palabras me dieron fuerza esta semana y me las dijo una de mis mejores amigas “NO TE RINDAS”

Hasta la próxima semana…

Gato callejero que no estaba muy contento de salir en la foto.

P.D.1: Logré terminar el capítulo 24 de “La esperanza debida” y lo publiqué. Si hacen clic en el enlace, los llevará al capítulo uno. (Si, es una orden. ja,ja)

P.D.2: La cara del tipo de la fotocopiadora cuando le di un peso argentino en vez de un euro.

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SEMANA 1 – Tengo el don de irme.

El viaje de Argentina a España es largo y estresante. Salí desde Rosario y fueron cuatro horas hasta llegar al Aeropuerto. Si van a comer algo en Ezeiza preparen el trasero porque te afanan, el último golpe de la inflación. En medio de esta pandemia me tocó esperar afuera de Ezeiza durante tres horas; el traslado hasta dicho Aeropuerto se hace con horas de anticipación por cualquier imprevisto que pudiera surgir durante el viaje.

El barbijo es obligatorio durante las trece horas de vuelo. En el avión hace frío, y ya no te dan almohadas ni mantas, así que lleven para no dislocar la columna. Los asientos de clase turista son para un bebé de cinco meses. Cada vez más chiquitos.

Los primeros trámites me resultaron fáciles porque conté con ayuda. “Empadronamiento” que es un cambio de domicilio, con el pasaporte comunitario se puede hacer sacando turno por la web. Esto varía mucho según el distrito en que te encuentres, por eso aconsejo googlear cada caso particular.

Mi chorrera emocional: todo lo que no llore en la “despedida” salió de mi cuerpo a los tres días de llegar. Son muchas sensaciones y muy dispares: miedo, ansiedad, culpa (la sensación de abandono a mi familia), entusiasmo. Tal como pude intuir, me costó sentarme escribir el capitulo 25 de una de mis novelas. Nadie está preparado para irse. Los refugios de antes dejan de serlo porque surge la necesidad de construir nuevos para soportar los embates de la nostalgia.

Hubo lindas sorpresas, un tuit que se hizo viral. Twitter es una red social que me desconcierta, y admito que sentí miedo al ver tantas notificaciones. A veces me río de ese sarcasmo pasivo agresivo que se gastan los twitteros más famosos, pero siempre me mantuve al margen. Hay un nivel de agresión que me repele y no quiero entrar en ese juego menos ahora que me siento bastante vulnerable por obvias circunstancias. Afortunadamente la mayoría de los mensajes fueron positivos y me dieron ánimos. 

A raíz de este tuit me hicieron una nota en el medio digital argentino Infobae. Todavía me cuesta asimilar lo que sucedió a pocos días de aterrizar. Por momentos pienso que cometí una locura y que tal vez no soy tan valiente para soportar la distancia de mis viejos, de mi sobrina y de mi otro hermano… pero después se me pasa cuando recuerdo que no tengo a qué volver…sí “a quien” pero no se puede vivir del amor. Como escribí en mi nota Despedir, “busco una razón para quedarme” Necesito realizarme como profesional y siento que acá en Madrid podré al menos intentarlo. Y sino me iré a otra parte. Ya estoy curtida de las decepciones laborales. De las otras también. ja,ja,ja.

Irse no significa que los logros vendrán del cielo. Nadie emigra por gusto, emigramos por frustración, por tristeza, porque no nos quedó otra alternativa. A algunos les cuesta más tomar la decisión y otros patearon el tablero con admirable facilidad. Los comienzos son difíciles sobre todo estando tan lejos de nuestras raíces. Irse es buscar una oportunidad, y el camino es cuesta arriba, pero al menos siento que no es imposible como si me sucedía en Argentina.

Aclaración en una calle de Móstoles. Hay semáforos, sino cruzan sin mirar ya que los conductores frenan automáticamente.

Esta será mi frase de cabecera de ahora en adelante: todo en esta vida tiene “un lado B”: un trabajo, una mudanza, una pareja, una amistad, emigrar, cualquier puñetera decisión que tomen. De hecho, algunas ni siquiera tienen un lado A. (Sí, soy la voz de la experiencia.) Nada ni nadie es perfecto y debemos vivir con eso. 

El próximo viernes les sigo contando mi lado A y B de esta experiencia que es emigrar.

Ya que estamos, les tiro una invitación a leer mis novelas. No es chivo, es gratis♥ 

PD: No sé si tengo el don de irme, le puse ese nombre porque quedaba poético.

P.D. 2: Me sellaron mal el pasaporte cuando salí del país.

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Personas

Hay personas que me llenan incluso en el vacío, ahuyentan los miedos, distraen el letargo, y aunque huyo, se quedan conmigo. A ellos no los quiero perder adentro mío. Tal vez por eso los pienso, tal vez por eso los escribo, tal vez por eso los amo mucho más del “te amo” que les digo. La felicidad no está donde quieres que te quieran, sino dónde te sentís querido. Aún el suelo y con tristeza, hoy tampoco me rendí, no del todo; espero, a veces con irrisorias esperanzas; suelto miedos en el camino, aprendo, olvido algo, lloro, me río, abrazo, pero sobre todas las cosas sigo porque los amo y los amo porque sigo.

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Aún rota

Aun rota, la sensación nada en mí, implícita, oculta, jugando a desaparecer, llevándome a volar en mis ganas de que volemos, de que esperemos a que termine de llover…la canción que me recita su milagro dentro mío, me hamaco en la falacia que me inventé. No sé cómo decirlo sin que suene bien, tiene su sonrisa y sus ojos color café, es paisaje, es profunda, es tatuaje, está ausente. Es un gran dolor, como todo lo que dura para siempre. 

Lo escribí en 2017, una de las tantas veces que me inventé una persona solo para «enamorarme»

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Es tarde

La dimensión del tiempo es tan subjetiva que la edad es un mero detalle. 

En las redes abunda el mensaje esperanzador «Mientras respires, todavía estás a tiempo». 

Me hundo en el mar espeso de mis dudas, destruyo esa oración en mil pedazos, el sentido se hizo humo. 

Parece humor negro. ¿Estoy a tiempo solo porque respiro? ¿O el mismo aire prolonga mi existencia intoxicada? 

Tal vez abunden minutos, pero no las fuerzas.

Tal vez sobren segundos, pero la fe no tiene latidos.

Tal vez se arrastren sueños rengos, pero están enfermos.

Tal vez me seduce el riesgo, pero me crucifican los ojos negros de mis intentos fallidos 

Cada vez es más tarde.

Esa es la verdad que no queremos asumir. 

La espesa sensación de finitud se hace más intensa y venenosa en cada derrota

Es un minuto más sin lograrlo. No es ansiedad, es una filosa verdad. 

Le erraste te queda menos tiempo, se te hizo tarde.

No somos los mismos después de tantos esguinces de corazón.

Los objetivos también se rinden. La ansiada escena que invadía mi ingenua mente durante la niñez, perece. Todo es lo que es perece.

Los deseos mutan como forma de subsistir. Las metas no son dóciles, están cansadas de no encajar…te dicen adiós, al igual que las personas.

 «Olvídalo, esto no es para ti», enuncia sin compasión el destino. 

«Las mejores cosas de la vida son gratis» 

Nos refugiamos en esa insipidez para resistir. Es un elogio sobrevivir, nadie puede culparte por eso. Cada detalle cotidiano termina transformándose en un refugio de paz en la montonera de mierda.

Es una anestesia agridulce de lo que no pudo ser.  

Es tarde. Ya no sueño en grande, miro la amargura del teclado,  me disfrazo de quien verdaderamente soy.

Es tarde, debió suceder antes; cuando permanecía entera y no fraccionada en mil pedazos.

Mi único escudo contra «lo que no puedo ser» es escribir.

Escribir. Sin objetivo, sin razón. Sin ambiciones. Para ocupar mi corazón, para sedar mi alma, para cederle una pausa al llanto.

Escribir estar atrapado en la lucha entre lo intrigante y lo verosímil.

Es desvestir mis tristezas. Apuñalando la demora que me dejó fuera de juego. Ansiando que se haga temprano. Juntando los trozos de mí misma arrodillada en el suelo, encastrando cada pedacito en vano, sin forma.

Es tarde. Mi rostro alumbrado por la pantalla, la música de fondo, la comida chatarra en un cuenco blanco, las colillas de cigarrillo apiladas en un frasquito viejo. «Dejá de fumar», me dice mamá. «Todavía estás a tiempo»  No, mamá.

Solo sé que estoy a tiempo de escribir que es tarde.

La esperanza debida

Hoy no vengo a hablar de mí. O en realidad, sí, pero esta vez quisiera contarles otra parte de mí que por razones que aún desconozco, no incluí en este espacio.

Escribo novelas desde que tengo veinte añitos. Y ya pasaron casi catorce de eso…hagan las cuentas.

Hace muy poquito decidí unirme a la famosa plataforma Wattpad para empezar mostrar mis proyectos.

Una de esas novelas se llama “La esperanza debida”. Quiero invitarlos cordialmente a leerla. Es totalmente gratis, solo deben registrarse en Wattpad, y es muy fácil. La historia tuvo una rápida aceptación, y tiene casi 3000 visitas.

Hay 16 episodios y actualizo todos los jueves o viernes. ♥

Pueden leerla haciendo clic aquí.

Los espero♥♥

Bienvenido a “La esperanza debida”…Disponible en Wattpad.

Sobrevivir

Ningún ser humano escribe por dinero, fama o popularidad. Un escritor no es feliz por los halagos o los aplausos. Escribir es un impulso irracional, casi agónico, inevitable. Es un credo, una cura de insomnio, una droga que desintoxica. Escribo para no explotar de dolor, escribo para no ahogarme, escribo para acordarme que estoy viva. Escribir es soplar las cenizas de un recuerdo, es espabilar la fantasía, es explotar en rimas o caer en palabras comunes.

Invento un personaje porque necesito de forma urgente describir un timbre voz, ponerle un nombre de modo que la fonética haga juego con su carácter, porque me alivia hacerlo hablar en renglones lo que me susurra dentro de mi cabeza. Trazo el eje de una trama para no arañar la ansiedad, para dejar de escuchar su voz que me tortura de entusiasmo, que quema mis entrañas, que me extorsiona hasta aturdirme, porque hasta que no lo escriba ese personaje es mi villano. El alivio llega cuando por fin vuelco ese ser en un teclado y me libero de su estigma.

No escribo por las visitas, ni por la cantidad de me gustas. Un escritor siempre está muy solo con sus ideas. Quedarse solo en una red social es solo un detalle, porque lo único urgente es seguir escarbando mi alma en busca de algo que no sé qué es, pero de encontrarlo depende mi vida. Y si no encuentro nada, me muero de miedo, me falta el aire. No sé llorar sin rimas, sin discurso..

Escribir. Es una necesidad mortal, egoísta, algo que arrasa con la realidad que me pasa por al lado, ignorándome. Escribo porque mi soledad se llena, porque las horas dejan de aplastarme. Escribo con mi teclado roto y las teclas borradas, escribo porque escucharlas llorar, me consuela. Escribo desde los cinco años, en mis veinte diarios íntimos. Escribí desde mi inocencia que duró tan poco, hasta la muerte la de ella.

Escribo las historias que me contaba a mí misma cuando tenía catorce. Escarbo en el diccionario una montaña de sinónimos para cerrar los ojos y poder visualizar nítidamente el diálogo que tanto gastó la memoria. Escribo con el alma, pariendo párrafos, con filosas palabras que a veces resultan un flagelo. Escribo por satisfacción, sin ambición, con deseo. Dibujo los vericuetos de la trama, los enredos; me frustro y los arrojo a la papelera con rabia cuando no me cierren las ideas. Después los resucito, por si me abriga alguna frase ordinaria.

Escribo para creer que es posible que cambie. Describo los olores, la vestimenta, el carácter, la idiosincrasia, el físico, el sabor de la derrota. Adorno el personaje con las virtudes que no tengo a mano.  Escribo el amor, como puedo, como me sale e intento evitar plasmarlo tal como lo conocí. Todo lo que escribo es un contraste, me contradigo, no sé si soy lo que escribo.

Escribo lo que me avergüenza, me desnudo, doy mi corazón. Escribo justamente para vaciarme de decepciones, para limpiar el aire enviciado de angustia. Cada texto, cada frase, es mi máquina del tiempo: escribo para olvidarme y me releo para recordar.

Me quito un peso encima, me descargo. Es mágico, ocurren milagros atemporales cuando escribo. Me rodean como suspiros de alivio las voces de lectores enojados, indignados o satisfechos, que encienden una llama. Y así mi soledad se duerme… ya no soy lo que escribo, soy lo que ustedes sienten al leerme.

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