Hacelo humo

Estoy segura que muchos de los que habitualmente leen mis notas en esta ocasión puede que se abstengan. Sobre todo los que llevan años al lado de un gran compañero pero pésimo amigo, el cigarrillo. El motivo de esta nota es mi imperiosa necesidad de vomitar mi experiencia de ex fumadora y no dudo que este es el espacio idóneo para hacerlo, no solo por mí: humildemente siento que esto le puede servir a algunos que intentan quebrar el malsano vínculo con el tabaco.

Como muchos de ustedes saben, yo soy una ex fumadora empedernida. Recuerdo cuando a mis 12 años, fui con mis amigas a las vías del tren, lugar que se radicaba lejano a nuestros hogares, para cometer una insignificante hazaña: prenderse un cigarrillo a escondidas de nuestros padres, algunos fumadores. En ese entonces el atado de diez salía $ 1.20, sólo eso costaba. Recuerdo que la primera pitada de mi vida me provocó una tos estruendosa. Era realmente asqueroso, ¿cómo alguna vez mi papá fue capaz de sentir atracción por ese palito de humo que raspaba la garganta? Que inocente fui en ese momento, no estaba al tanto que justamente esa, es la trampa mortal del tabaco. Como sabe tan asqueroso, pensamos que nunca nos vamos a enviciarnos con él, y nos ‘quedamos tranquilos’ por así decirlo(Párrafo aparte, mujeres, ¿no nos pasa lo mismo con algunos hombres?) 

No hay dudas: empezamos a fumar por idiotas. Por idiota, a los 15, sólo fumaba los fines de semana, alrededor de unos diez cigarrillos. A los 15 y medio empecé a fumar uno o dos por día. A los 16, ocho cigarrillos diarios, a veces menos porque tenía que esconderme de mis viejos. A los 17, mis viejos se enteraron y en ese entonces tenía toda la libertad para salir al patio a fumar, alrededor de unos 15 por día. Y a los 18, empecé la facultad, todo nuevo (excusa) y salté a un atado diario. En épocas depresivas, casi treinta, después me exigí fumar ¡solo! veinte por día... y quizás algunos más si rendía un examen final. ‘No aguanto los nervios’, me excusaba. Pero todo eso es una mentira, o más bien un popurrí de pretextos típicos de un fumador. Cuando sos un rehén de vos mismo/a, fumás cuando estás triste, porque estás triste; fumás cuando estás de mal humor, porque estás de mal humor; fumás de vacaciones, porque estás de vacaciones. Fumás porque estás feliz. Fumás por todo.

La única verdad es que el cigarro te fuma todos los momentos de tu vida, desde el primero hasta el último. Es un ladrón innato que deja los residuos por todo tu cuerpo… te roba los sabores de las comidas, resistencia física, y oxígeno en sangre. Te produce un catarro crónico continuo y un plus de alquitrán para tus pobres y maltratados pulmones. Amenaza tus defensas, un simple resfrío dura como cinco días. También aporta a tu persona una pizca de rechazo social: los restaurant, los pubs, ya no hay lugar para vos y para tu amigo, por ley pasaron a ser “sectores no fumadores”. Sólo podés fumar en la vía pública. Sin embargo, prenderte un cigarro en la parada de colectivo significa un círculo de ausencia a tu alrededor de por lo menos un metro, la gente se aleja para no oler el humo que despide tu amigo.  Ni hablar de las consecuencias estéticas que no dejan de notarse: grasitud en la piel, dientes amarillentos, brillo opaco en el pelo, olor a tabaco constante. Como si fuera poco, la persona que te besa siente que está chupando una bolsa de basura.

En conclusión el cigarrillo es total y completamente repudiable.

Cuando era fumadora, mi organismo vivía en guerra constante. Mi garganta odiaba al cigarro porque ella es muy débil, y el humo le irritaba la poca salud con la que contaba. Mi hígado odiaba a mi garganta, porque los antibióticos eran muy agresivos para él y por su culpa tenía que beberlos. Y yo nadaba en una frustración amarga por no ser dueña de mi misma, de mis actos, de mi comportamiento. Ser fumadora te quita autonomía, es deprimente.

El domingo 19 de agosto a las 14 hs. me fumé mi último cigarrillo justamente porque me enfermé. Diagnóstico: placas, fiebre alta, garganta hinchada. Inyecciones. Estuve muy mal, y yo no exagero, casi le digo a mi vieja que me interne con suero. Apenas mejoré, a los pocos días. Mi cerebro empezó a pedirme tabaco, pero no lo obedecí. Comencé a pelear y a discutir con mis autoritarias ganas de aquel insignificante palito de humo, que nada aportaba a mis entrañas y al mismo tiempo le daba sentido a todo.  Yo estaba presa de él, de esa sustancia venenosa, era su esclava. Y esa sensación es humillante.

Ya iban 4 dolorosos días sin fumar y yo sufría mucho. Hasta que me clavé un parche de nicotina en la espalda y me calmé. Quizá es psicológico, no lo sé. Pero a mi me tranquilizó. En momentos duros, recordaba a mi tía que murió escupiendo pus de los pulmones, ahogada. Y mi vieja, sufriendo, viéndola morir. Solo eso me frenaba. Había una sola cosa de la que estaba segura: no quería morir así, no quería, pero sobre todo, no quería vivir así tampoco.

¿Les cuento un secreto? Nunca confié en que lo iba a lograr, pensaba ‘el domingo que viene fumo, tengo que aguantar una semana, solo una semana.’ Y cuando llegó el domingo, no fumé, no tenía sentido. Porque noté algunos cambios en mi piel, y como toda conchuda coqueta, me gustó el nuevo aspecto que tenía. Aparte, ¡UNA SEMANA SIN TABACO! ¿Y si aguantaba una semana más?

Ahora, estamos en abril y el 19 va a hacer OCHO MESES SIN TABACO.

Tengo una buena noticia. Se puede, gente, SE PUEDE.

Es cierto eso de que no hay que subestimar a ningún enemigo. Dejar de fumar es extremadamente difícil. Para empezar, consiste un proceso químico: el cuerpo pide y exige esa droga que le han estado suministrando durante años. Cuando interrumpís el consumo, nace una contradicción entre lo que dice tu cabeza y lo que dice tu cabeza. Son dos enunciados antagónicos que se superponen todo el tiempo y generan una gran abstinencia y ansiedad. Dejar de fumar, es un gran logro y tiene innumerables beneficios, más de lo que ustedes imaginan, pero como todo gran logro requiere un gran esfuerzo por parte de quien desea conquistarlo. Nada es gratis en esta vida, esto mucho menos.

A554809_554807354564592_1454558287_n ustedes fumadores, les hablo. A vos, que fumás a diario diez, quince o veinte unidades diarias del último asesino legal. A vos, que la idea de vivir sin tabaco se te hace inconcebible, pero la idea de morirte por él no te inmuta. A vos, que pensás que nada va a tener sentido si te alejás del cigarrillo, que en su ausencia creés que ya no habrá placer en tu vida.

A vos, que no te imaginás la vida sin un cigarro después de cenar, almorzar o desayunar. A vos que te agitás caminando una cuadra y tenés menos de veinticinco años. A vos, que despedís catarro sin parar. A vos te digo, que dejar de fumar, es mucho más que dejar de fumar.  Dejar el tabaco es crear una filosofía de tus ganas, es poner a prueba lo peor de vos mismo. Dejar el tabaco es hacer tangible la voluntad, jugar con ella, recrearla, existirla tocarla por primera vez. Dejar de fumar es personificar tu voluntad y abrazarla por fin. Dejar de fumar, es sorprenderse de lo que podemos lograr cuando nos proponemos algo. Es caer en la cuenta de que somos más capaces de lo que creemos. Dejar de fumar es que tus mañanas sean más limpias, que el aire llegue a tus pulmones más suavemente, que la piel te mejore de un día para el otro. Es comenzar a percibir con mayor nitidez todos  los olores, disfrutarlos, saborearlos.  Dejar de fumar es prolongar la duración de los perfumes, y que de hecho puedas comprarte uno por mes, ahorrando la plata que malgastabas en tabaco.

Dejar de fumar es despabilar los cinco sentidos de la mugre, limpiarlos y devolverlos al mundo real. Dejar de fumar es que las aceitunas tengan mejor gusto, que redescubras el verdadero sabor a chocolate y que el queso cremoso sea cual orgasmo con el amor de tu vida. Dejar de fumar es estar del lado de esa parte de la sociedad que se quiere a sí misma, que se cuida, que tiene autoestima. Dejar de fumar es desarrollar tu autoestima, es llenarte de confianza: ‘si pude dejar de fumar, puedo bajar cinco kilos, rendir tres materias, ahorrar 200 por semana y olvidarme de mi ex.’ Dejar de fumar, Es entender que no necesitás eso para estar bien…. Dejar de fumar, es animarse a dar el paso, es querer estar mejor.

Dejar de fumar es como ser feliz… solo depende de una decisión: LA TUYA.

DEJAR DE FUMAR, ES DURO. NO DEJARLO, ES MÁS DURO TODAVÍA.

Nani Nanita.

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