Un día como hoy

Solo sé que me vi
Con la vida aleteando en el vacio
Con el sol en la maleta por si el frio
Me agarraba sin saber a donde ir

Rosana

Te levantás un lunes como hoy, de mal humor. O de humor neutro, no sé. Hacés pis y ahí sí, el humor está tentado a salir. TE VINO. ¡Y si! Te vino, fue. Sos mujer, lo estabas esperando. Al fin viene algo que estabas esperando, aunque no quisieras que venga. CONCHUDEZ.

Desayuná un café con leche, con tostadas. Le ponés queso blanco y miel, porque adorás esa combinación. Prometiste no jugar con los excesos, entonces sólo te comés tres. ¡Y cuando masticás a conciencia te das cuenta que te llenaste, que fue suficiente para saciarte! Igual me hubiera comido diez más… Te vestís, doblás el pijama. Escuchás a tu madre quejarse porque no estiraste la cama. “Nunca será suficiente para ella”, pensás resignada. Te tapás las ojeras, te ponés manteca de cacao sabor fresa y te peinás un poco. Frío, mucho frío. Te subís al auto. Tenés una charla de igual a igual con tus viejos sobre política. Y sobre la vida, y sobre todo. Sentís una tajadita de esperanza colarse en tus ojos, en tu interior. Aunque sea diminuta, casi invisible, existe y te hace bien.

Ordenás el departamento, quitás la mugre de los rincones, limpiás un poco los vidrios. Te tomás dos mates con tu vieja; la soportás criticando todo, cambiándote las cosas de lugar, la amás pero es insoportable, debería aprender a mirarse el culo un rato en vez de hinchar tanto las pelotas.
Vas al cine sin más expectativas que divertirte y ves una película pochoclera (no hay muchas opciones). Resulta que, no es tan mala como se puede esperar. Los zombies te producen una emoción mezclada entre la risa, el sarcasmo y la pena. Pitt te sigue provocando ganas de tener sexo desenfrenado con él mismo, aunque tenga cincuenta años y patas de gallo. Todo un logro.

A la hora de bajarte del auto ya tenés mal humor. Tus viejos empezaron a remarcar todos tus errores, a quejarse de tus quejas, y te quedás con ganas de mandarlos a la mierda. Te bajás casi sin saludar, con cara de culo; solo te consuelan mates y Facebook, o diario íntimo o blog. Pero no resulta ser así, porque aparte de estar indispuesta primer día y de haberte puesto de mal humor, el ascensor está roto y VOS VIVIS EN EL NOVENO, pedazo de conchuda.
Con toda la furia, subís la escalera, ahogándote escalón de por medio. Tus ocho años de fumadora todavía te pasan factura. (Gracias a Dios ya sos ex fumadora) De todos modos, cada dos pisos frenás descansar cual vieja de 70. No terminaste de subir, que recordás que debés ir al centro nuevamente… putas escaleras, otra vez. Al menos esta es en bajada.
Ya en el centro y escuchando una canción de Rosana como para clavarse diez tiros en la teta, caminás sin rumbo fijo. Hace un frío de cagarse, la gente se queja…*putos*
Llega el minuto ansiado en que te olvidás del mundo. De la insatisfacción de tus padres. De tu propia insatisfacción. Del desencuentro con tus amigas. De tu soledad. De tus seis kilos de más. De tu frustración personal. De tus mambos de pendeja.

Y caminás, y mirás vidrieras sin ver bien lo que estás mirando. Distraída… Entrás en una librería, te comprás el libro que esperabas leer hace tiempo. Te pone contenta esa sensación… sonreís, te animás a disfrutar sin culpas. Lo único que nadie te va a quitar, lo que lees.   Retomás tu camino de vuelta a casa, te comprás un chocolate, uno pequeño. Saboreas el dulce en tu boca y te reís otra vez. Adorás cuando se deshace en tu boca y lo pegajoso que es. Adorás personificar al chocolate y considerarlo tu amante prohibido. Jajajaja…. Sí! adorás un poco tu conchudez… Varios chicos te miran, seguro piensan que estás loca. Te sentís muy invisible como para creer que te miran por algo más.

Y vas quitando peso de tu maleta. El dolor, la vergüenza, tu baja autoestima, lo que no sos; olvidás en esos instantes la vida que no tenés y que quisieras tener. Y te acordás, de cuando tu viejo te llevaba a ver a Papá Noel y creías verlo por entre los árboles. De la primera vez que anduviste sin rueditas en la bicicleta. De cuando te caíste de la hamaca y mamá te puso una curita en el codo. De esas trenzas que te hacía la abuela que te quedaban para el culo. De los mates el sábado a la tarde cuando una de mis amigas contaba una nefasta experiencia sexual. De ese abrazo de bienvenida en un aeropuerto, del calor de sus ojitos marrones al despertar. De las miles fotos que pasan por tu cabeza… De su vocecita hablándote desde el recuerdo, de su amor traspasando la pantalla…1044142_510073139065204_484682142_n

Y, gracias a ese instante, gracias a ese día lleno de trivialidades, lleno de todo y de nada a la vez, a pesar de estar indispuesta, de sentirte sola, de tener miles de mambos, comprendés porqué vale la alegría y la pena estar vivo.