Desencantada

No me abraces, léeme. Soy una máquina de estancarse, y retroceder, o avanzar para atrás vomitando la tristeza en un teclado, y volver a la quietud que me consuela. ¿Alguna vez sintieron que la existencia les pasa por al lado como una brisa y se les escapa entre los dedos?  Me agité de perseguirla y la dejé pasar… sin mí estoy mejor.

Hay algo de dulzura entre tanto desparpajo. Solo alegrarme porque pude, apenas rasgar una ínfima intensidad del discurso, para trasladar a párrafos ingenuos un dolor que no tiene traducción. Y luego los guardo, por color, por nombre, por abecedario. Lo más hermoso de la tristeza incondicional es que resiste todos mis archivos.

La ilusión de ser invisible, es mi refugio y mi propia desgracia. Y lo soy, porque cuando me miran, no pueden leer lo que escribo para “a penas” sanar. Cuando me miran, no sé lo que ven, no me percibo. Necesito que estén ciegos de mí, necesito no ser un punto referencia, ni ejemplo, ni tener voz, ni voto. Leeme, no me mires. Solo ahí reside la vagabunda certeza de que existo…el resto se evapora.

Sino me leen, «no encajo». Mi fisonomía no soporta los ojos de un otro que le quite eco a mis palabras, me siento avergonzada por no poder resumirme, y sin armas sólo por ser observada, sin ser leída.

Me siento ajena, sobro en todos los contextos, no siento, no tengo sentido. Un taxi que frena en el semáforo, un bebé que llora en brazos de su madre, la larga fila para entrar al cajero, la gente grabando audios con frenética ansiedad, el cigarrillo del vecino de enfrente paseando a su perro. Me quedo quieta en una esquina, como quien se cola en una fiesta sin haber sido invitada. Soy una intrusa entre las risas de dos amigos, el Hola y Chau de los vecinos, la música de los autos que pasan. Los libros que no termino y las rimas que no encuentro… que no se si están afuera donde sobro, o en la procesión que va por dentro.

La veo venir desde lejos y hace tiempo. Es la vida sin mí, que apenas sonríe, cínica e indolente. La sentencia de vivir dentro de este disfraz que me aísla de los demás, que me protege, que me hace sentir tan distinta; el sabor agridulce de ser invisible y solo en eso encontrar la paz. No hay otro abrazo que soporte, ni Dios que retroceda. Decidí quedarme conmigo, y respirar por inercia desde que nadie se queda.

La vida sin mí, es estar expuesta a una fractura que no pretendo curar.  La elijo por ser incondicional, porque tiene la sonoridad de un poema,  y fundamenta las bases mi amarga felicidad.  Me abrazo a la paz porque la vida sin mí, escribe, desafina y no razona… la vida sin mí son cenizas fieles de lo que me ha fallado, y siempre me perdona.

 

Palabras de abril

Aun no me animo a relacionar mi rostro con lo que escribo. Es como si me negara, como si lo físico y el teclado estuvieran enemistados. Como si la que escribe y la que se mira en el espejo se odiaran a muerte. Mi cuerpo ama lo que escribo y lo que escribo defenestra a mi cuerpo. No tengo dolor, el dolor me tiene a mí incrustada en sus entrañas. Tengo culpa en mi cuerpo y la culpa tiene a mi cuerpo de rehén, duele el corazón de la culpa en un rincón. Solo me corto con palabras que amo, y resucito bailando.

A veces creo en los recreos del miedo y me siento orgullosa de la mujer que soy. Mis tatuajes me enseñaron a enamorarme un poquito de mí, y él contraste de saber que ellos existen por dolor que sintió mi piel a manos de las agujas. ¿Quién soy yo sin mi dolor? Me da miedo que eso me defina.

Amo bailar porque, mientras tanto, los párrafos y mi rostro se reconcilian, le echo fertilizante a la fe y veneno al miedo, ahí todo lo puedo.
Soy la quietud del miedo a acertar. El miedo a la ilusión, y el miedo a que lo real sea una copia barata de lo que imaginé. Muero y vivo cada día en lo que nunca sucedió.

Que tortura esto de rendirse. Soy mi propia tumba y mi propia salvación. Me equivoco y elijo la peor parte de mí, la más dañina. Me arrepiento, e intento sentir algo por mí. Por ahí le quito la espada a mi amor propio y lo acuchillo. Después el se defiende riéndose de cualquier cosa. En medios de los azotes de esta realidad me di cuenta que quiero renacer, reír no sólo para huir sino para decorar la escenografía de una felicidad real.

Necesito ganas de creer que existe un atajo, necesito ganas de confiar, necesito empezar a saber como dejarme ayudar, necesito ganas de no estar sola. Necesito estar a la altura de lo que aconsejo a los demás, necesito verme como los que me quieren me ven. Necesito hacerme cargo de lo que registro y sigo sin cambiar. Tengo la teoría y la práctica es una realidad que no puedo resolver.

Sobre el punto final, me siento inútil escribiendo. Es como una labor que me gusta pero a la vez me ata al dolor que tengo que describir y me arruina de melancolía. Perdón por la tristeza. Es que nadie escribe sin hurgar en la herida.

29-04-2019