Quietud

Tengo que dejar de ser negativa, es mi droga favorita, sabe amarga y a veces me dopa en esa adicción de bajar los brazos, en la comodidad del sufrimiento. La costumbre es un virus letal, sino reaccionas a tiempo vas a morir ahí, o a vivir una vida de mierda. 

Ya lo dijo una canción, a veces el infierno es encantador. 

No estoy segura de las decisiones que tomo, y entonces las escupo; rebalsaron mis pensamientos de ansiedad y se acuchillan unos a otros, y me siento ensimismada en una incertidumbre eterna, que es lo único definitivo en mi vida.

Volar muy lejos para salir de un contexto adverso y meterme inexorablemente en otro, porque se que voy a tener que luchar, y al mismo tiempo estoy cansada. ¿O estoy cansada de estar quieta?  Tal vez el miedo a luchar sea más duro que la lucha misma, bajar los brazos sea más aterrador que un panorama que no llegó, de todo aquello que no me pasa ni me atraviesa ni puedo rozar. Quizá no puedo creer más en mi imaginación salvo raros casos, en el abecedario y en los párrafos, porque escribo para no llorar.

Todo lo imagino negro, todo lo siento extraño, como si yo estuviera aislada de una sociedad que se inunda y se distrae en otros temas, como si viviera dentro de un poema que rima, y es oscuro y negro, aún en las mañanas… que no sé si es cierto, o me lo estoy imaginando.

Me estalla la cabeza, el corazón y las ganas, y sobre todo estas últimas que están paralizadas. Metas cortas, metas simples, no te adelantes. Soy un torbellino de ansiedad que me atormenta cada media hora, sin pausas, sin piedad. ¿Qué mierda me estás pidiendo, dulce? Estoy amargada, no sé como dormir sin mirar el techo durante horas en la oscuridad, pensando una y otra vez lo mismo, con un hueco en el estómago que se siente repleto de vacío. Voy a enloquecer de no tener ni puta idea.