Des-pedir

El mundo me expulsa de dónde estoy y me llama a los gritos desde el otro lado, que conozco por fotos. Soy dos mitades partidas al medio, y dos llegadas sin destino. 

Vivo en un eterno intermedio, un purgatorio entre el antes y el después. Es lento y agobiante, ansioso y cruel.  Me voy todos los días pero aún no me fui. Me atosigan los miles de escenarios posibles. La ilusión, el optimismo, el miedo atroz, el desánimo, él horror de vivir en la posteridad, la tóxica premura de no quedarse en el presente.

Estoy quieta pero me muevo en esta espera, en los días interminables que me acercan al peor momento y al mejor. A despertarme en medio del mar, con un precario bote debajo la tormenta, frente al panorama de hundirme y al unísono encontrar un motivo para remar.

Para ser de verdad, para descubrir lo que realmente quiero ser,  para animarme por fin a serlo. Tengo tanto que aprender, y ¿por dónde empezar? Es una mentira. Nadie sabe bien como despedirse. Si bajar los párpados y bienvenida anestesia, o minimizar el hueco de la herida.

Despedir, es la ardua antesala de no necesitar a nadie. Un ejercicio en el que llevo una trepidante ventaja. Mis pupilas rozan la negrura de la noche y las ásperas dudas. La incertidumbre de dejarme caer. La certidumbre de abrazos que no se cuando van a volver. El calor de los ojos verdes que me van a recibir. Elegí entre dos paisajes en los cuales voy a sentirme a salvo. Es tanto lo que debo dejar atrás. Que me invadan otras calles, otros olores, otra forma de decir te quiero, otra cultura, otras voces. Sobrevolar el océano y congelar el miedo a extrañar. 

Dejar de estar sujeta a este infierno para salir de la zona de confort que me hace infeliz. Ya no se pedir ayuda, y cuánto la necesito. Despedirse, es irse y  es sentirse solo en tantos sentidos. 

Llegar quizá me abrigue. Escribir tal vez me arrope. El teclado lo llevo conmigo así como renglones ávidos que me aceptan como soy, entera o a pedazos. Yo solo escribo para rozar lo que todavía no pasó, para que los miedos no me devoren. Para saber que algo es mío y que nadie puede quitármelo aunque me lo robe. El alivio de no ser nadie en especial. Me conformo con poder respirar, huir de la fatal ansiedad.

Quiero vaciar mi maldita valija de miedos. Para soltar a veces necesitás un bastón en el cual apoyarte; algo más sólido que las palabras, se me cansaron los brazos de hacerme caso, y errarle por costumbre.

De tan pocas cosas estoy segura, pero vivir es no saber. Así nos trata el riesgo. 

Soy humana y siento. Voy a extrañar sus pequeñas manos y sus ocurrencias. Su auto esperándome en la pequeña ciudad en la que crecí, y tanto llegué a detestar, los llamados desquiciados por cualquier excusa. El olor a mi casa, las fotos, el sillón que escuchó cada noche el teclado arder…las risas por nada, la soledad que ahora será compartida.

Tengo terror, pero no es tarde. Mi peor certeza que ya no tendré dónde volver, y que busco una razón para quedarme.