Se volvió viral

Se volvió viral el silencio. Se oyen pocos autos en la calle, y son contados los pasos de la gente que camina inmersa en una rutina. Nunca pensé que esto pasaría justo en el momento en que decidí lanzarme al vacío y salir de mi zona de confort, que pasó a ser más filosa e incómoda que antes.

Por primera vez en mucho tiempo no estoy dentro de mí misma, imaginando, escribiendo, soñando despierta. Las circunstancias obligaron a la jaula de mi mente, a abrirse, y estoy más afuera que nunca, más conectada a lo fáctico, y aterrada ante la inmensidad de un futuro incierto, la impotencia de sentir que no está en mis manos, que soy tan solo un granito de arena en este mundo. Somos finitos, somos vulnerables, no somos eternos. Un concepto tan lógico pero del cual no somos conscientes… está bien, hay que olvidarlo para resistir la cotidianeidad, y a la vez, es importante recordar lo suficiente para que no nos paralicen los golpes. Dosificar la consciencia de que existe la muerte es una empresa difícil.

El miedo es una fractura expuesta que en tanto más visible, crece exponencialmente, y nos paraliza. Ahora sentimos la angustia del otro más que nunca, porque es idéntica a la nuestra. Es una lección social que nunca pensé que iba a experimentar. Lo hice cuando sobreviví a ese fatídico seis de agosto, pero ahora es generalizada. El mundo entero se frenó, ante un enemigo que vemos por un microscopio, pero tan agresivo que no solo ataca la vida, sino atentó contra las relaciones sociales, los planes, la economía…

El terror no nos firma la paz, ahora sabemos que eran tiempos felices cruzar la calle, sentir la brisa, salir a correr, hacer planes con amigos, quejarse por nimiedades. Ahora que no podemos coleccionar anécdotas, que no podemos abrazarnos, ahora que estamos quietos nos damos cuenta de lo importante que es seguir, que el mundo siga, que las persianas se abran, que la rutina nos ordene. Ver una vidriera, planear un viaje, salir de vacaciones, sacarnos fotos en la playa, ver el amanecer al aire libre. Era eso vivir, pero nos olvidamos…

Temo por mis sobrinos, por tus hijos, por mis padres, por tus abuelos, por los niños que están por nacer; temo por nuestros médicos, por los más vulnerables, por los que están en riesgo… temo que haya que elegir, y sobre todo, temo que las personas no caigan a la realidad hasta que no se den un palo en el pavimento que nos salpique a todos.

Podés ser antisocial, odiar los lugares concurridos, pero ahora es distinto…no hay mundo dónde salir a dar batalla, no tenemos esa libertad de salir sin riesgos. Estamos inmersos una película de ficción sin cámaras ni directores, y los subtítulos al final no aparecen porque es real. No podemos apagar el televisor y simplemente seguir con los problemas terrenales a cuestas, con las dudas existenciales, con las crisis de cada día…

Nos estamos mirando al espejo a través de las redes. Nos abrazamos a las palabras, a leernos sin vernos; nos damos fuerzas por mensajes virtuales. Ahora la única grieta es el miedo, y paradójicamente nos une. Estoy segura que no soy la única que antes de intentar conciliar el sueño mira el techo en la oscuridad pensando cuándo termina esta pesadilla.

Apelo a la verdad universal…todo pasa. Mientras tanto hay que resistir...“Ya no hay más que hacer, sos tu propia ayuda”...Tenemos una ventaja: ayudarnos es ayudar a los demás. Es una gran oportunidad para entrenar la empatía.  Para salvarnos se nos pide poco…estar unidos, cuidarnos,  y creer que va a pasar.

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